29/05/2008 | Actualidad > AsiaMedia
Hace medio siglo, la CIA organizó una guerrilla tibetana contra China en un valle perdido de Nepal. Esta es su historia

I) Lo Manthang

El viento del sur aparece, puntual, sobre mediodía, empujando el ascenso del viajero por la garganta del Kali Gandaki, la más profunda del mundo. Es un viento seco, hiriente y muchas veces cargado de polvo, que obliga incluso a los curtidos nativos a cubrirse el rostro con un pañuelo cuando caminan con él de frente. El Kali Gandaki es un río sagrado para los hindúes que atraviesa de norte a sur el Gran Himalaya, entre los ocho mil del Annapurna, al este, y el Dhaulagiri, al oeste, drenando dos de lo macizos más altos del planeta. La ruta, abierta durante millones de años por el impetuoso río y sus siete tributarios, fue una de las grandes vías comerciales de esta región que comunica la India con el Tibet. Durante siglos, la sal de los lagos tibetanos, y el grano y las especies de las llanuras indias, se cruzaron por aquí en largas caravanas, vigiladas por los castillos que dominan casi todos los pueblos del recorrido y dan prueba de un pasado belicoso y turbulento.

A partir de Kagbeni, bajo los siete mil del Nilgiri y el Tilicho, los grandes picos del Himalaya que parecían infranqueables, ya se dejan a la espalda. En pocas horas de marcha se entra en un universo árido y sin árboles, dominado por los grandes farallones de roca ocre, completamente diferente al paisaje alpino con abundantes bosques de coníferas y rododendros de las anteriores jornadas. Las nubes y las lluvias se quedan en el Himalaya, condenando a la aridez a su retaguardia tibetana. La geografía humana también cambia bruscamente; la arquitectura gurung de las «colinas» nepalíes («colinas que pueden tener 3000 metros) y de la minoría thakala, tibeto-nepalí, da paso a pueblos cada vez más genuinamente tibetanos y budistas. Pueblos compactos, con baluarte o casafuerte y monasterio, con campos de labranza que desde arriba parecen un multicolor dominó y que huelen al incomparable perfume de la madera de sabina con la que se alimentan las cocinas. En esos pueblos, la leña se deposita en los techos de las casas, junto con el grano puesto a secar, resaltando el valor que la escasa madera disponible tiene aquí.

El verdadero ascenso comienza en un pueblo llamado Chele. Está montado sobre una mesa de roca conocida como la «Puerta de Mustang», que recuerda por su angostura al acceso del Valle del Panshir, en Afganistán. Ahí comienza la serie de nueve pasos de 3800 a 4000 metros que hay que cruzar en tres o cuatro jornadas más a pie para llegar a nuestro destino, Lo Manthang. A partir de Chele el viajero descubre que aquel brusco paisaje árido que tanto le había sorprendido, era, en realidad un vergel, comparado con lo que se le presenta ahora. Aquella aridez aun permitía dos cosechas anuales, una de cebada con la que se hace el tsampa, el puré de la dieta esencial tibetana, y otra de alforfón, o trigo sarraceno. En aquella tierra baja aun se cosechan las mejores manzanas de Nepal, y excelentes legumbres y verduras, cultivadas en huertos organizados en hendiduras del terreno al abrigo del viento y cuidadosamente protegidos por muros de piedra. Más arriba de Chele, todo eso desaparece, o se hace raro; la exigua tierra ya no da más que una cosecha anual, más allá de la localidad de Samar las sabinas también desaparecen, y cuanto más se asciende, más desértico y grandioso se hace el paisaje. Aparece un Tibet en estado puro, sin las destrucciones de la «Revolución Cultural» en su pasado, y con monasterios y castillos bastante intactos.

La intensidad de la luz, la escasez de oxígeno derivada de la altura, y la sobrecogedora belleza de este desierto coronado por cumbres nevadas, con el Dhaulagiri y el Annapurna asomando al sur y la meseta del Tibet al norte, contribuyen a la emoción que provoca el anhelado avistamiento de la ciudadela de Lo Manthang. Desde el paso Lo La («ventoso»), se divisa allá abajo una insólita ciudad amurallada de cinco hectáreas que se levanta a 3800 metros de altura en una explanada rodeada de campos de labranza que se extiende montaña abajo desde su origen en un antiguo glaciar. Su nombre significa algo así como la «explanada meridional de la aspiración». Es la capital, de 1600 habitantes, del «último reino prohibido del Himalaya», como pregonan las agencias turísticas de Katmandú, un reino de unos 7000 habitantes cuyo rey, Jigme Palber Bista, antes sometido a la monarquía nepalí, todavía conserva un poder judicial local y ciertas prestaciones serviles.

En la entrada del pueblo, un joven lama dormita al sol, echado en un prado junto al que pasa un torrente. Al norte de la ciudad, a apenas diez kilómetros de distancia, se adivina la frontera china, el paso de Kora La, a 4600 metros de altura. Tibetanos de China que transportan rebaños de yaks descienden del paso, en el que no hay guardias ni control alguno, para vender sus animales en las tierras bajas. En ese momento, cuando los trastornos de la altura, la alegría del avistamiento y el cansancio de un largo viaje a pie por senderos y barrancos que no admiten más tracción que la animal parecen unirse para recrear cualquier tipo de alucinación, resuena el inconfundible sonido de un motor de explosión.

El helicóptero de «Air Dynasty», aparece como una incordiante alucinación. Aterriza en un campo de cultivo, y de el desciende, presurosa, una pareja de turistas de? Barcelona. Previo pago de un Congo, la pareja realiza, en 45 minutos, una fugaz visita al «último reino prohibido», que se abrió al turismo en 1991 y registra desde entonces más de un millar de visitas al año, incluidas las de alrededor de una docena de españoles en 2007. La visión del helicóptero y de la pareja-express de turistas, es un duro golpe a la poesía del lugar y un brusco regreso a la realidad, que nos recuerda que hemos nacido tarde?

Lo Manthang, el Reino de Lo («Mustang», en la corrupta transformación del nombre que le dieron los ingleses), fue fundado en 1380. Entre los siglos XV y XVII, sus reyes dominaron el comercio entre Tibet y la India en esta zona del Himalaya. Durante varios siglos, el gran enemigo histórico del reino de Lo, fue Jumla, otro reino montañés del Nepal que hoy es una anodina capital de distrito. Pese a su identidad y geografía tibetana, Lo se alió con la monarquía Gorkha, unificadora del Nepal, en la guerra tibetano-nepalesa de finales del XVIII, y se convirtió así en tributaria de Katmandú. Eso explica que hoy pertenezca a Nepal y no al Tibet de China, como le correspondería geográficamente.

Sólo tres o cuatro occidentales, entre ellos un francés que veranea en la Costa Brava llamado Michel Peissel y escribió un original libro tras su paso por aquí en 1964, visitaron Mustang en los años cincuenta y sesenta. El reino estuvo oficialmente cerrado hasta 1991 y en aquella época era un territorio remoto y desconocido que vivía una vida autónoma y aislada. Pójara, la principal ciudad de Nepal desde la que se accede al reino, no estuvo conectada por carretera con Katmandú hasta los años sesenta del siglo XX, cuando llegaban los primeros hippies, atraídos por la placidez de su lago y la casi gratuidad del canabis local. Ese aislamiento y la accesibilidad geográfica hacia Tibet, hicieron que la CIA eligiera el reino de Mustang como base de operaciones de la guerrilla tibetana contra China, después de que ésta fuera aplastada y derrotada en Tibet por los chinos en la década de los cincuenta. Durante catorce años, Mustang albergó, sin que nadie se enterara, un ejército secreto tibetano de 2400 hombres financiado por la CIA con el consentimiento tácito del Dalai Lama que había huido de Tibet en 1959 y cuyos dos hermanos mayores, Takster Rimpoche y Gyalo Thondup, fueron hombres de confianza de la Agencia y a sueldo de ella desde principios de los años cincuenta.

Hoy, la historia de ese ejército, un insólito capítulo de la guerra fría en Asia, es como la luz de una vela que se apaga. La esperanza media de vida no es muy larga en Tibet y Mustang. Los protagonistas y testigos de aquella poco conocida y dramática lucha se están muriendo. En China, el extranjero interesado no encuentra aun condiciones adecuadas para hablar con franqueza de Tibet (o de Xinjiang) con responsables políticos o expertos académicos. Así que, antes de que se apagara la vela, había que ir a Mustang para recuperar los últimos fragmentos de historia oral de la resistencia tibetana. Pero la crónica de aquel ejército secreto del Himalaya es incomprensible sin repasar sus antecedentes en el Tibet de los años cincuenta y especialmente en Kham, la región más oriental de Tibet, donde nació la resistencia armada al colapso chino.

II) Kham

En los cincuenta, los tibetanos se dividían entre los que vivían en el «Tibet político», el reino gobernado por el Dalai Lama («U Tsang», o Tibet Central, con centro en Lhasa), y los que lo hacían en el «Tibet etnográfico», las amplias zonas del este y noreste, que quedaban entre el Tibet Central y las zonas de población china. Ese «Tibet etnográfico» era tan grande como el Tibet Central y estaba dividido en dos zonas culturales y linguísticas. Una era «Kham», en el este, que comprendía zonas de las actuales provincias chinas de Sichuan y Yunnan, y la otra era «Amdo», hoy repartido administrativamente entre las provincias chinas de Qinhai y Gansú.

Políticamente, este «Gran Tibet», con su extraordinaria tradición y cultura, era, en la primera mitad del siglo XX, un magma arcaico, aislado y sumamente inconsistente. Amdo y Kham estaban divididos en pequeños principados, nominalmente bajo autoridad de China (una China sumida en quiebras dinásticas, revoluciones, ocupación extranjera y guerra civil), pero en realidad administrados en el día a día por jefes tradicionales, completamente autónomos y ajenos hacia el gobierno de Lhasa, que no tenía ni control ni jurisdicción sobre ellos.

El «Tibet político», de Lhasa y el Dalai Lama, se había quedado encerrado en su concha, al margen de los nuevos tiempos. Tsering Shakya, el principal historiador del Tibet moderno, explica que aquella sociedad atávica carecía de conciencia nacional (los desastres chinos se encargaron luego de forjarla) y de respuestas para el terremoto que se le avecinaba.

China y Tibet tienen una historia de relaciones de 1500 años. La tesis oficial china es que Tibet «siempre» perteneció a China, desde la dinastía Yuan, cuando los mongoles conquistaron China y Tibet en el siglo XIII. La realidad es que entre la caída de la dinastía mongola (Yuan) y el siglo XVII el vínculo político entre China y Tibet era ambiguo y, desde luego, no incluía ningún tipo de control administrativo del territorio por China. Luego, desde finales del XVII, Tibet entró en una época turbulenta de disputas religiosas y caos político que cambió las cosas y está en el origen de la disputa moderna sobre el estatuto de Tibet. La guerra tibetano nepalí de finales del XVIII inauguró un periodo en el que Tibet se convirtió en una especie de protectorado manchú (Qing). Tibet pidió entonces ayuda militar al emperador chino, que aprovechó la situación para establecer un «ambán», término manchú cercano a lo que se entiende por gobernador. El «ambán» manchú tenía un estatuto igual al del Dalai Lama y al del Panchen Lama, así como el derecho a supervisar nombramientos, pero Tibet mantenía su propia lengua, sus funcionarios, sus leyes, un ejército y no pagaba impuestos a Pekín. Ese sistema de protectorado, incluía el estacionamiento de tropas chinas. Respecto a la aquiescencia de los tibetanos con ese estatuto, queda ilustrada por el hecho de que tres «ambán» fueran asesinados por tibetanos entre 1750 y 1905 (el número de dalais lamas presuntamente envenenados por los tibetanos en aquella época no fue menor), y que, en cuanto el imperio chino se hundió, en 1911, el «amban» y sus guardias chinos fueron expulsados, poniendo fin a casi 200 años de autoridad china.

La aspiración nacional china de engullir a Tibet, que Mao heredó, se había fraguado a finales de la época imperial y los ingleses tuvieron mucho que ver con ella. Al concluir el siglo XIX, la influencia británica se había ampliado hasta los estados del Himalaya. En 1904, una expedición militar inglesa había llegado a Lhasa, añadiendo una nueva humillación extranjera a China. Esa presencia fue la que cambió la actitud de la corte manchú, hasta entonces no interesada en administrar directamente o integrar en su seno a Tibet. Los británicos llevaron a pensar a los chinos que si ellos no dominaban Tibet, lo harían los extranjeros. Mao heredó esa convicción. El resurgimiento de la China maoísta y su pretensión nacional fundamental de recuperar la grandeza de China, significaba establecer, por primera vez en la historia china, un control administrativo efectivo del conjunto de Tibet. Eso introdujo en Lhasa dilemas para los que la elite tibetana no estaba preparada.

El plan de la nueva China era relativamente cuidadoso; ocupar las zonas de Amdo y Kham «sin gobierno», donde la autoridad estaba disuelta entre líderes tribales y clánicos locales y esporádicos funcionarios chinos, y preparar gradualmente una «Región Autónoma de Tibet» en la zona controlada por el gobierno de Lhasa. Mao conocía la historia de las relaciones entre China y Tibet, y sabía que allá no pisaba terreno firme. Por eso pregonaba paciencia y cuidado a sus generales: «Tibet y Xinjiang, son diferentes», decía. «Pero si en Xinjiang, con el antiguo régimen ya vivían entre 200.000 y 300.000 chinos, en Tibet no había ni uno, así que nuestras tropas se encontrarán en un lugar en el que en el pasado no había chinos». Con el tiempo, todos esos buenos propósitos se hundieron en el marco de la altanera e ignorante arrogancia china de la época hacia otras culturas («bárbaras»), en los propios dramas y fanatismos de la Revolución China, en la atávica ceguera de la elite tibetana conservadora, y en el contexto general de guerra fría, en el que la causa tibetana no fue más que una pequeña pieza con la que se jugaba en un gran tablero mundial.

En octubre de 1950, las tropas chinas entraron en Amdo y Kham, sin apenas resistencia y a continuación se iniciaron negociaciones para la «reincorporación de Tibet a la Madre Patria». La élite tibetana realizó intentos infructuosos para ganarse el apoyo de potencias occidentales y de India, pero a final no tuvo más remedio que enviar una delegación negociadora a Pekín. Para la aristocracia y para la red monacal tibetana, lo importante era preservar su patrimonio, y el orden religioso tradicional, que los chinos prometían respetar. Para la gente común, mientras no se tocara su vida, su religión y sus costumbres, pertenecer a China o ser «independiente» era una cuestión completamente abstracta. La división e incomunicación interna de Tibet no era solo algo físico (no había carreteras y llegar a Lhasa desde Kham era un viaje de tres meses a caballo), sino también político. Desde 1928 el Panchen Lama, la segunda autoridad budista de Tibet, se encontraba exiliado en Amdo a causa de una disputa con el decimotercero Dalai Lama. Esa disputa hizo muy proclives a cooperar con los comunistas a los seguidores del Panchen Lama, que eran muy fuertes en Shigatse, la segunda ciudad de Tibet. Estos pedían al gobierno de Lhasa que el Panchen Lama recuperara la plena autoridad sobre la región de Shigatse que había tenido hasta principios de siglo, a lo que aquellos se oponían. A partir de 1950, los seguidores del Panchen Lama negociaron directamente con Pekín a espaldas del gobierno de Lhasa. La división servía perfectamente a los intereses chinos que hicieron un buen uso de ella. Y para complicar más las cosas, el Dalai Lama, cuya autoridad podría haber compensado muchas carencias, era, en 1951, un adolescente de 15 años.

«En vísperas de la invasión comunista china de octubre de 1950, Tibet era, a todos los efectos, un estado independiente», dice Tsering Shakya. Esa descripción, así como la frase, tan popular entre el público occidental de que, «Tibet era un país independiente que China invadió en 1950», merece ser matizada porque tras la quiebra imperial china, el estatuto internacional de Tibet había quedado sin resolver: China continuó considerándolo su territorio, y nadie, ni siquiera Inglaterra y Estados Unidos, reconoció nunca ninguna independencia. Al mismo tiempo, esas potencias, primero Inglaterra y luego Estados Unidos, introducían su propio punto de ambigüedad, al tratar directamente con los tibetanos, lo que estos leían como algún tipo de expectativa.

En la comunidad internacional, la llegada, organizada, militar y plena de propósitos transformadores, de la nueva China a Tibet, ocasionaba el mismo tipo de perplejidades y dilemas. En Naciones Unidas se preguntaban si podía hablarse de «invasión» y si Tibet era una nación independiente. Si la soberanía es algo que se define en relación al exterior, Tibet no tenía relaciones exteriores y vivía en un completo estado de aislamiento. Entre los notables tibetanos, no llegaban a la docena los que habían visitado alguna vez el «extranjero». Se desconocía lo más elemental; qué era la ONU, el derecho internacional o los motores de explosión. El Foreign Office británico consideraba «muy poco claro» el estatuto legal de Tibet, y Nehru no discutía su pertenencia a China. El propio gobierno de Lhasa se refería a la relación histórica de Tibet con China como la del «monje y el patrón», lo que reconocía cierto protectorado. La mejor descripción de la época corresponde al Ministro de Exteriores de la nueva India, Bajpai; «nuestro gobierno», dijo, » reconoce que la influencia y el control chino sobre Tibet han fluctuado de acuerdo a la fortaleza del régimen que estuviera en el poder. Gobiernos chinos débiles perdieron casi toda su influencia sobre Tibet, los fuertes la recuperaron». De acuerdo a esa ley, el control de Tibet por parte de la pujante China maoísta era ineludible, y de lo que se trataba era de negociar un vínculo lo menos malo posible para la identidad tibetana.

En octubre de 1951, el gobierno tibetano aceptó la incorporación a China mediante la aprobación del famoso acuerdo de los 17 puntos con Pekín. Por primera vez en más de mil años de historia documentada, representantes del gobierno de Tibet expresaron por escrito su reconocimiento de la soberanía china sobre Tibet. Los tibetanos lo firmaron y ratificaron a contrapelo. El acuerdo no mencionaba «socialismo» ni «comunismo», garantizaba la continuidad del sistema tibetano y del gobierno del Dalai Lama, la libertad religiosa y los privilegios de la elite local. Muchos veían en él una vía de convivencia, aunque esa convivencia se hubiera forjado sobre la aprensión y sobre un marco general de imposición; tras la entrada de tropas chinas en el territorio y después de constatar la ausencia de otros apoyos internacionales. Otros la rechazaban, especialmente los sectores más conservadores de la elite tibetana. La ausencia de otras alternativas y el ambiente general de imposición, dejaba muy poco margen a los tibetanos que lidiaban con una situación que les sobrepasaba.

Los problemas empezaron cuando los chinos comenzaron a introducir «reformas» en Kham, a partir de mediados de los cincuenta. Su primera medida fue la confiscación de armas y los intentos de convertir a los nómadas en sedentarios. La «colectivización» que siguió disparó las revueltas en Gansú, Sichuan y Yunnan. No se luchaba «por el Tibet», sino por defender la localidad de uno, su monasterio, su familia y su ganado, y contra una imposición extranjera, desastrosa e inadmisible desde todos los puntos de vista de la tradición local y el orden tradicional.

Cuando los soldados del Ejército Popular de Liberación entraron en el pueblo de Dhunkhung, en el distrito de Nyarong de la provincia de Sichuan, Aten tenía 35 años. A lo largo de su vida, había visto llegar y marcharse a sucesivos soldados y funcionarios chinos, casi siempre corruptos y saqueadores. «Los rojos fueron los primeros soldados chinos que ví que no saqueaban ni violentaban a la población, eran corteses y abandonaban la fila para ayudar a los campesinos en la cosecha u otras labores, una agradable novedad». Aten fue seleccionado para asistir a los cursos de la Universidad de las minorías en Chengdú, como parte de los programas comunistas para crear «cuadros nacionales». La enseñanza allí, explica, era primitiva. La mentalidad de los enseñantes rebosaba arrogancia china-Han y aleccionamiento hacia quienes venían de sociedades «bárbaras y retrasadas». El mundo se dividía entre una América que era un «tigre de papel», y la URSS y China, que habían liberado a medio mundo y triunfarían pronto en el resto. Solo la gente estúpida y retrasada se resistía al comunismo.

«Era increíblemente crudo, pese a que desconocíamos los detalles, los tibetanos habíamos tenido noticia del papel de Estados Unidos en la Guerra Mundial y de las bombas atómicas lanzadas contra Japón, lo poco que sabíamos bastaba para darse cuenta de que los instructores chinos nos trataban como a completos idiotas». Algunos estudiantes «reaccionarios» fueron enviados a picar piedra, así que la mayoría se amoldaba a la disciplina y dejaba de hacer preguntas insolentes en clase. Mientras Aten se encontraba en la Universidad de Chengdú, en todo Kham comenzaba la reforma, primero con la confiscación de las armas, que para los khampas formaban parte del vestuario y la identidad de un hombre, luego con las expropiaciones y colectivizaciones, que destruían de forma incomprensible el orden tradicional, por no hablar de las «sesiones de lucha» (thamzing) en la que los vecinos y parientes debían denunciarse entre si, y en las que monjes y gente respetable de la comunidad era maltratada e incluso asesinada públicamente. Cuando Aten regresó a su pueblo, la vida había cambiado por completo.

«Los chinos habían catalogado a mi familia como «propietaria de siervos» y habían confiscado casi todo mi patrimonio; toda mi reserva de grano, mi ganado, los caballos e incluso las joyas de mis esposas (Aten tenía dos mujeres, algo habitual). Nuestra familia poseía un gran caldero de cobre suficiente para hacer té para doscientas personas. Lo usábamos en las grandes ocasiones, en las fiestas o cuando grandes congregaciones de monjes acudían a casa. También eso se lo habían llevado. Confiscaron hasta una colcha que había comprado en la cooperativa china. Como la cosecha había sido mala, mi familia había tenido que pedir prestados a los amigos cinco sacos de grano. Cuando nos lo confiscaron todo, los chinos habían informado a mis esposas de que todas las deudas habían sido canceladas y que ya no tenían que pagar nada a sus acreedores, no obstante, nosotros las pagamos. Nos dimos cuenta de que todo eso no era más que el principio de nuestros problemas?»

Poco después, una noche de 1958, Aten escapó de su pueblo con una partida de familiares, parientes y amigos. El grupo estaba compuesto por sesenta personas, incluidas mujeres y niños, con solo diez hombres armados con cuatro rifles y escasa munición. «Habíamos oído que en las regiones más altas había un grupo de guerrilla más grande e intentábamos contactar con ellos». La «guerrilla» era algo parecido a una errante tribu Apache de 1500 personas, mal armada y abastecida, cargada de mujeres, ancianos y niños, que frecuentemente vivía del saqueo. Sus ataques a las fuerzas chinas eran implacables: no se tomaba prisioneros. Con el tiempo, el acoso del ejército chino se hizo cada vez más irresistible. La partida de Aten se mantuvo dos años, a lo largo de los cuales sus familiares y amigos fueron cayendo. Una noche de 1959, el grupo fue rodeado mientras dormía por una unidad de caballería Hui, chinos musulmanes, de un señor de la guerra de Ningxia que se había pasado a los rojos. Era una unidad temible incluso para gente tan aguerrida como los khampas. Y cayeron sobre ellos por sorpresa. Aten perdió aquella noche a todos los suyos, sus dos mujeres y su única hija pequeña, que murió en sus brazos y a la que tuvo que abandonar con un balazo en el vientre. Él mismo escapó de milagro con tres balas en el cuerpo, pero aun capaz de cabalgar. Días después, la partida de Aten cruzó la frontera con Nepal. De sus 1500 integrantes sólo habían sobrevivido 170. Del grupo del distrito de Nyanrong sólo quedaron vivos Aten, su primo Dowong y el hijo de éste.

El resumen que Aten hace de su vida recuerda al de un jefe indio americano evocando el colapso de la llegada de los blancos a sus tierras:

«La de Nyarong era una tierra bella, y nuestra vida allá, aunque simple y dura, era feliz. Entonces vinieron los chinos. Al principio con bonitas palabras y plata brillante, luego con armas y muerte. Me arrebataron mis campos, mis animales y mi casa. Saquearon y profanaron los templos y monasterios en los que rezaba. Como una plaga, aniquilaron a mis amigos, parientes, a los lamas, a todos aquellos que me eran caros. En una estepa helada cubierta por una leve capa de nieve que arrastraba el viento, dejé abrigados en pos de mí los cadáveres, acribillados a balazos de mi familia y de mi única hija pequeña. Me ví forzado a vivir en las montañas como un animal salvaje, moviéndome de noche y escondiéndome de día, como un ladrón. El hambre, la sed el agotamiento y el dolor fueron mis permanentes compañeros. Ahora soy un anciano, la edad me ha robado toda mi fuerza y el destino todo lo que amaba».

Desde 1954 un flujo constante de refugiados khampas comenzó a llegar a Lhasa, huyendo de las «reformas» en Kham. Traían consigo sus armas, el odio hacia los chinos y experiencias similares a las narradas por Aten. Sus testimonios extendieron la alarma en Lhasa, donde los chinos no habían establecido una ocupación en toda regla ni iniciado «reformas». Entre 1951 y 1959, ni un solo aristócrata tibetano, ni un solo monasterio, perdió sus privilegios feudales y sus relaciones de servidumbre. La estrategia de Mao se basaba en la convicción de que había que ganarse gradualmente al Dalai Lama a la causa de la modernización china, lo que arrastraría al resto de la elite tibetana. Aunque mucha gente de Lhasa consideraba a los khampas algo parecido a bandidos; gente indómita y violenta que robaba, y no creía mas que a medias en sus advertencias, su testimonio sobre los excesos en Kham se sumaba al inmovilismo de los sectores más conservadores, esperanzados por la ambigüedad y contactos secretos con la administración de Estados Unidos, para entonces ya instalada en la guerra fría.

En ese contexto, en los medios khampas refugiados en Lhasa se creó, en 1958, la organización militar de los «Cuatro Ríos y Seis Sierras» («Chushi-Gangdruk»), enfocada a la lucha contra China. Su principal inspirador era un acomodado comerciante de Kham llamado Gompo Tashi que acabó destacando como un formidable General. Gompo Tashi estaba en contacto con los hermanos mayores del Dalai Lama, Takster Rimpoche y Gyalo Thondup, que, a su vez, eran hombres de la CIA. En junio de 1950 había comenzado la guerra de Corea y la Agencia estaba interesada en crearle problemas a China en Tibet.

Desde 1951, Estados Unidos había expresado en una carta al gobierno del Dalai Lama su disposición a prestar «ayuda material» a Tibet, siempre que hubiera, «signos de resistencia tibetana a la agresión». El secretario del Dalai Lama, Phala, estaba al corriente de todas las operaciones de la CIA. Informaba de todo al Dalai Lama, y al mismo tiempo, le protegía para mantener la apariencia de que éste no sabía nada, impidiendo siempre, con muy buen sentido, cualquier contacto directo con la Agencia o con Estados Unidos, que pudiera comprometerle. La revuelta popular que estalló en Lhasa en marzo de 1959 lo cambió todo. El Dalai Lama, que mantenía desde 1951 en Sikkim, entonces un protectorado de India, el grueso del tesoro del estado y que había contemporanizado hasta entonces con el gobierno chino, huyó a India. John Regan, el primer responsable del departamento tibetano de la agencia, dice que el Dalai Lama «bendecía tácitamente» toda aquella resistencia y actividad paralela que gestionaban sus hermanos. Frank Holober, uno de los organizadores del departamento tibetano de la CIA explica cual era, en los años cincuenta, el cálculo de la Agencia sobre el Dalai Lama:

«Había muchos países budistas en el mundo, la Agencia confiaba en que el Dalai Lama fuera algo así como su principal voz, que se le reconociese como una especie de Papa del budismo extendiendo el aspecto anticomunista del budismo por todas partes. Estábamos preparados para usar nuestros medios de comunicación para ayudar al Dalai Lama si mostraba un poco de iniciativa en esta línea, pero resultó que nunca lo hizo».

Aun así, cuando el Dalai Lama huye de Lhasa, en marzo de 1959, a la edad de 23 años, la CIA le facilitó 200.000 rupias indias. Los documentos de la CIA desclasificados muestran que hasta los años setenta, el dinero de la Agencia continuó fluyendo hasta él: 1,7 millones de dólares anuales para el movimiento tibetano del exilio, incluidos 15.000 dólares mensuales para él hasta 1974.

La revuelta de 1959 significó el derrumbe de la política gradualista de Mao, cuyo poder en el Partido Comunista no siempre fue absoluto. Con el Dalai Lama denunciando el acuerdo de los 17 puntos, Pekín también lo abandonó y concluyó con el gobierno tibetano tradicional. Se confiscaron las propiedades de los grandes propietarios religiosos o seglares, se cerraron la mayoría de los monasterios y se creó una nueva administración comunista. El particular estatuto de Tibet como entidad teocrática inserta en un estado comunista concluyó. El tibetólogo Melvyn Goldstein, lo describe así; el Budismo fue destruido y los tibetanos fueron forzados a abandonar valores y costumbres que les eran muy caras y que estaban en la matriz de su identidad cultural. Las sesiones de «lucha de clases» y el constante bombardeo de propaganda en contra de sus sentimientos y ridiculizándolos, apuntaba a la destrucción del modo de vida tibetano». Desde entonces, hasta el fin de la Revolución Cultural la población de Tibet vivió veinte años terribles, explica Goldstein. Murieron decenas de miles de tibetanos, quizá centenares de miles, pero no el 1,2 millón, frecuentemente barajado por fuentes tibetanas del exilio. El horror fue manifiesto y su exageración numérica no altera un ápice su esencia.

Los «Cuatro Ríos y Seis Sierras» fue el primer intento de dar una dimensión relativamente organizada y coordinada a la resistencia. No fue una creación de la CIA, sino más bien un resultado de la «reforma» china en Kham, pero la CIA tuvo algún papel y contribuyó a su desarrollo. Unos 15.000 khampas mal armados se concentraron en la región de Lhoka, al sur de Lhasa, adjunta a la frontera con India y Bhutan. Su intención era más «liberar» Kham, su tierra, que «Tibet».

Desde 1957, un año antes a la creación de los «Cuatro Ríos y Seis Sierras», los hermanos del Dalai Lama habían seleccionado al primer grupo de jóvenes khampas para ser adiestrados por la CIA en la isla de Saipán, al norte de Guam. Una noche de luna llena de octubre de 1957, llegó el estreno: una «Fortaleza Volante» de la CIA pintada de negro y sin identificación despegó desde una base en Pakistán Oriental (hoy Bangla Desh). Pilotada por una tripulación compuesta por checos y polacos, sobrevoló India sin permiso y lanzó sobre Tibet a tres de los seis jóvenes khampas adiestrados, que llevaban en su indumentaria cápsulas de cianuro para evitar caer vivos prisioneros. La información sobre lo que pasaba en el interior de Tibet, era muy fragmentaria, y la misión de los paracaidistas, provistos de radio, era aclarar el panorama e intentar coordinar en lo posible los caóticos grupos de la resistencia que se habían echado al monte. Un año después, en otoño de 1958, la Agencia efectuó su primer lanzamiento de armas en la región de Lhoka para «Cuatro Ríos y Seis Sierras»; fusiles, ametralladoras, morteros, bazookas, granadas? En total hubo unos 40 lanzamientos de armas, pero esa ayuda no impidió el aplastamiento de la resistencia khampa. Para abril / mayo de 1959 el foco de Lhoka había sido aniquilado por completo. Gompo Tashi atravesó la frontera india en abril con el cuerpo lleno de heridas de guerra, dejando en Tibet solo pequeñas bolsas de resistencia descordinadas entre si. Una de ellas se había formado en Pemba, al norte de Lhasa. La CIA lanzó allá 16 paracaidistas en otoño de 1959, de los que sólo uno, Dechen, sobrevivió.

En la zona había «miles de resistentes», explica Dechen. «Nos dijeron que nos lanzarían armas y que en tres o cuatro meses podríamos reconquistar Lhasa». Lanzaron 800 armas, pero, como en la mayor parte de Tibet Central, la geografía de Pemba es montañosa y esteparia, sin bosques ni posibilidad de abrigo. Los chinos lanzaron primero pasquines en tibetano invitando a la rendición y a no hacer caso a los «imperialistas», luego mandaron cinco aviones, que cazaron a los guerrilleros como a conejos. «No había donde refugiarse, estábamos en campo abierto», dice Dechen. Los muertos fueron miles y apresaron a algunos centenares. A partir de entonces, los chinos ya se hacen con el control militar de la inmensa mayoría del territorio tibetano, control que, según fuentes chinas, no se consolidó hasta 1962.

III) «ST Circus»

Tras la debacle guerrillera en Tibet, fue Gompo Tashi, el principal líder de los «Cuatro Ríos y Seis Sierras» quien sugirió a la CIA la idea de organizar un foco guerrillero khampa en Mustang, en territorio de Nepal, desde el que hostigar a los chinos. Como la población de Mustang es tibetana, los guerrilleros, a los que se hacía pasar por «refugiados tibetanos», se parecían físicamente a los locales. El gobierno central de Nepal, en Katmandú, quedaba muy lejos, y sus noticias sobre el remoto Mustang eran bastante fragmentarias? La idea fue rápidamente aceptada por la CIA, que estableció un campo de adiestramiento para los khampas tibetanos en Camp Hale, Colorado, una de las zonas montañosas más altas de Estados Unidos. El operativo recibió el nombre clave de «ST Circus».

«Las condiciones de Camp Hale eran bastante similares a las de Tibet», explica Norbu Dorjee, uno de los primeros khampas enviado allá para adiestramiento y que más tarde fue jefe de grupo en Mustang. El lugar consistía en varios barracones y zonas de entrenamiento. Todo el recinto de Colorado, en las Montañas Rocosas, estaba rodeado por el ejército con el pretexto de que se hacían pruebas relacionadas con el arma nuclear. La población de los alrededores no tenía ni idea de que aquello era un campo de entrenamiento de la CIA para guerrilleros tibetanos. Norbu Dorjee recuerda que en el barracón que servía de escuela, había un retrato del Presidente Eisenhower con la siguiente dedicatoria; «A mis amigos tibetanos, os deseo el mayor de los éxitos». En total, por Camp Hale pasaron 200 khampas, los más capaces y espabilados. Ellos fueron los «jefes de grupo» y «especialistas» (transmisiones, cartografía, radio, explosivos) del ejército secreto de Mustang.

La fuerza se reclutó entre los miles de guerrilleros que, como Aten, habían cruzado la frontera hacia India y Nepal, derrotados pero con ganas de proseguir la lucha. Natural del distrito de Gansi Song de Kham, Tega, que hoy tiene 79 años, había participado en la rebelión de su pueblo de setecientos habitantes, de los que solo sobrevivieron setenta. Había dejado allá a su mujer y sus hijos. Su hermano, un lama de clase alta, había sido fusilado por los chinos. Cruzó la frontera india en 1959, tras la debacle de Lhoka.

«Fue poco después de la huida del Dalai Lama, llegamos a India en condiciones miserables. En la frontera había que entregar las armas a los guardias indios, no teníamos nada y nos pusimos a trabajar en la construcción de carreteras, en el estado de Assam. Era un trabajo duro, una profesión que copamos los refugiados tibetanos». Organizados por los hermanos del Dalai Lama, los reclutadores del futuro ejército de Mustang llegaron y se los llevaron. «Marchamos a pie desde India Occidental, hasta la frontera con Nepal, y desde allí, medio en autobús, medio a pie, hasta llegar a Mustang. Fue un viaje de muchos meses», explica.

Champa Naman, de 65 años de edad, llegó a Nepal con 15 años desde Nagsam, en Kham, junto con toda su familia. Lo encuentro en Marpha, un pintoresco pueblo thakalo del bajo Mustang, donde vive en una casa que es casi una choza, con su mujer y dos hijas. «Escapamos de Tibet por el Monte Kailash, llevábamos todo nuestro ganado, pero los chinos nos lo confiscaron. Una vez en India, vinieron a reclutarme para ir a Mustang», recuerda.

Norbu Phuntsok, otro khampa residente en Jomson (Mustang), que regenta una tienda de souvenirs, explica que su familia no sufrió directamente la represión. «Mi familia era nómada y pobre, así que no tenía nada que temer de los chinos, pero mi abuelo era monje. Oímos que habían matado a lamas en Lhasa y eso nos decidió a huir», dice.

El primer invierno fue muy duro, el dinero y los suministros de la CIA tardaron en hacer su aparición ?la población recuerda la llegada de caravanas de mulas inusitadamente largas, de «hasta cincuenta o sesenta mulas» que llegaban a Mustang desde la India cargadas de provisiones para los khampas. «Vivíamos en tiendas de campaña y precarias barracas de madera improvisadas», recuerda Tega. «La primera labor consistió en construir los campamentos, preparar cultivos y organizar el mantenimiento del ganado. Para bajar a los pueblos había que pedir permiso a los jefes de grupo», dice el anciano.

En Mustang se concentró un ejército de 2400 khampas. La fuerza se repartió a lo largo del valle del Kali Gandaki en pequeños campamentos («magar»), con unos cien guerrilleros cada uno. En aras de la discreción, los campamentos solían estar a una distancia considerable de los pueblos. Los campamentos de la orilla este del río tenían su cuartel general en la localidad de Kagbeni, en la parte baja del valle, mientras que los del oeste se coordinaban desde Ghami, a 3500 metros de altura. En cuevas próximas a la frontera, la guerrilla guardaba armas y provisiones, para los grupos que partían en misión por territorio de Tibet. Las órdenes impartidas a los guerrilleros eran mantenerse alejados de la población. En general, los habitantes de Mustang recibieron bien a los khampas, pese a su fama de bandidos indómitos, proclives a la violencia.

«Nuestro rey simpatizaba con su causa, su hijo, el actual rey, se casó con una princesa tibetana, y apoyábamos su lucha porque eran budistas, de nuestra misma religión», explica el Señor Tharchin, un vecino de Lo Manthang de 67 años, que tenía 20 cuando llegaron los khampas. «Además, los khampas tenían buen dinero y pagaban bien. Tenían caballos muy buenos, todos los caballos y el ganado lo robaban en Tibet, en aquella época fueron un buen recurso para nosotros», dice el vecino. «La relación con ellos era buena», insiste Tharchin. Los casos de matrimonios entre khampas y mujeres de Mustang, casi todas de Kagbeni y Ghami, que se produjeron durante los catorce años de presencia guerrillera en Mustang, desde 1960 hasta 1974, así lo confirman. Sin embargo, el reino conoció también muchos episodios desagradables por causa de la guerrilla. Los vecinos de Lo Manthang citan casos de mujeres locales violadas por los khampas mientras recogían leña o hierbas medicinales por la montaña, y citan tres casos de comerciantes locales que atravesaban regularmente la frontera hacia el Tibet chino, que fueron asesinados por los khampas alegando sospechas de espionaje.

«No eran espías, sino meros comerciantes», recuerda Tharchin. «Uno, llamado Karma, era de Jomson, en la boca del valle, comerciaba con lana al otro lado de la frontera. Los khampas lo mataron a palos, yo mismo ví su cadáver ensangrentado encima de la lana». Otro, llamado Namdug, llevaba ovejas y cabras a Tibet y compraba allá grano. «Les resultó sospechoso y lo mataron».

Que todo aquello estaba organizado y financiado por Estados Unidos, fue un secreto bien guardado. El francés Peissel que viajó a Mustang en 1964 menciona sus encuentros con los khampas en su libro, pero lo desconocía todo sobre el patronazgo de la CIA.

«Nunca vimos a los americanos por aquí (nunca estuvieron), pero los oíamos», responde con una sonrisa pícara el Señor Tsering Karma, otro veterano vecino de Lo Manthang, que era un joven en los sesenta.

Tsering Karma recuerda aquellas noches de luna llena, despejadas y luminosas, en las que los guerrilleros marcaban con grandes hogueras determinados campos del valle. Al cabo de unas horas se oían los motores de los aviones de la CIA que habían cruzado el Himalaya para lanzar en paracaídas los suministros. «Había rumores de que sus armas llegaban «del extranjero», pero para nosotros «extranjero» era o bien la India, o bien el Tibet, el mundo se acababa allá», explica el hombre.

Militarmente, el principal éxito de la guerrilla de Mustang fue trastocar el tráfico de la carretera Lhasa-Xinjiang, que pasaba muy cerca de Mustang, a lo largo de la frontera con Nepal. A finales de 1961 un comando de cuarenta guerrilleros tendió una emboscada a un camión militar chino en aquella carretera. Mataron a los tres ocupantes, el conductor, una mujer y un oficial, incendiaron el vehículo y se llevaron un saco lleno de documentos. Resultaron ser informes militares secretos que dieron meses de trabajo a los especialistas de la CIA. China era entonces un país hermético y la Agencia disponía de muy poca información. Aquel saco iluminó un gran agujero negro sobre lo que se cocía en el país. En términos bastante claros los documentos revelaban las dificultades que el «Gran Salto Adelante» encontraba en Tibet, Xinjiang y otras provincias chinas. El Departamento analítico chino de la CIA vivió de aquel saco una buena temporada, lo que contribuyó a valorizar todo el operativo «ST Circus».

Del relato de Norbu Dorjee y otras fuentes se desprende que no hubo grandes operaciones ofensivas desde Mustang. Preguntado por los resultados, el jefe de grupo dice que, «no había un plan de invasión, porque la diferencia de fuerzas era demasiado grande». Y añade; «logramos hacer muy difícil los movimientos de los chinos en la zona». Efectivamente, la carretera Lhasa-Xinjiang, que aun hoy es zona de bandidos que atracan a los buscadores de oro, dejó de ser transitable en los sesenta. Pero los chinos trazaron otra carretera, algo más al norte, para cubrir la misma ruta sin estar expuestos a ataques. La mayoría de las acciones fueron meras escaramuzas en las que raras veces participaban más de veinte o treinta hombres. «Destruíamos coches y camiones, recabábamos información, observábamos los movimientos de los chinos», explica Norbu Dorjee. En una ocasión, un grupo de nueve guerrilleros fue bloqueado por una tormenta de nieve, rodeado por los chinos y aniquilado. «Sus cuerpos y armas fueron capturados por los chinos», explica el jefe de grupo.

La participación de la CIA fue irrelevante militarmente, pero tuvo gran importancia sicológica porque confirmaba ante los chinos la influencia y el origen «imperialista» de sus conflictos en el Tibet, cuya raíz era de otra naturaleza y tenía también otros muchos componentes. La tesis oficial china abundaba en la mentalidad de asedio, en la idea de que la paz en la región era alterada por el intervencionismo extranjero. De alguna forma, eso salvaba de la crítica a los propios disparates y barbaridades de la política china en Tibet de los sesenta y setenta.

Para los responsables del «ST Circus» en la CIA, la operación no tenía por objetivo la independencia de Tibet, sino, «crearle problemas a China». «La idea oficial era mantener ocupados a los chinos. Estaba claro que no se iba a ir a la guerra por Tibet, pero los tibetanos creían luchar por la independencia de Tibet», explicó en los años noventa Sam Halpern, uno de los operativos del «ST Circus» al cineasta tibetano Tenzing Sonam. Esa idea estuvo sometida a los avatares y giros de la política internacional. La reticencia de India hacia el ejército secreto del Himalaya, cambió radicalmente en 1962, cuando la breve guerra fronteriza entre chinos e indios hizo subir las acciones de los guerrilleros tibetanos en Delhi. En marzo de 1965, la CIA impartió la directiva a los khampas de no atacar más a los chinos en acciones ofensivas desde Mustang, y limitarse a «operaciones de inteligencia», observación de movimiento de tropas y obtención de información.

«No fuimos muy obedientes con aquella directiva», comenta, irónico, Norbu Dorjee. «A partir de entonces, no siempre les informábamos de nuestras acciones ofensivas», recuerda con una sonrisa el jefe de grupo.

A principios de 1969, la CIA anunció a la guerrilla la conclusión de la operación. El cambio de administración en Washington ya presagiaba cambios en la política exterior, que en 1970 y 1972 desembocaron en el acercamiento entre Estados Unidos y China, con el que Washington logró aumentar la presión contra la URSS con la ayuda de Mao. Desde ese punto de vista, los guerrilleros tibetanos fueron utilizados para una causa que se jugaba en un tablero mundial de relaciones y hostilidades, en el que ellos eran piezas completamente insignificantes. La mayoría de ellos reconocen hoy esa circunstancia, pero, al mismo tiempo no consideran inútil su lucha.

«Luchábamos por la libertad y el país, no fue una pérdida de tiempo», reacciona Tega, el ex guerrillero de 79 años casado con una mujer de Mustang que conserva la cicatriz del balazo chino que le atravesó el brazo izquierdo. Todas las fuentes confirman que el ejército chino nunca cruzó la frontera de Nepal en acciones militares de represalia, algo verdaderamente asombroso, teniendo en cuenta que los guerrilleros violaban aquella misma frontera continuamente. China, eso si, se cobró alguna cuenta con India, proporcionando armas a grupos guerrilleros que operaban en India. Suministró y entrenó a grupos Nagas y Mizo, que pedían la independencia en el noreste de India. El Frente Nacional Mizo y su brazo armado fueron sostenidos en los setenta hasta principios de los ochenta. Algunos líderes del Consejo Nacional Naga estuvieron exiliados en Pekín en aquella época.

En Mustang, el acercamiento chino-estadounidense sentenció al ejército secreto del Himalaya. Poco antes, en 1968, el jefe de la guerrilla de Mustang, un lama llamado Bapa Yeshe, había caído en desgracia ante la CIA. Se sospechaba que Bapa Yeshe simplemente se había apropiado de la mayor parte de los fondos que la Agencia le entregaba para pagar a sus hombres. Los hermanos del Dalai Lama y la CIA enviaron entonces a Mustang a un nuevo jefe, Gyato Wangdu, un carismático e irreductible guerrillero que había formado parte del primer grupo de seis khampas adiestrado por la CIA en 1957. La rivalidad entre Gyato Wangdu y el corrupto Bapa Yeshe, puso una nota dramática a la última etapa del ejército secreto del Himalaya. Los vecinos de Mustang recuerdan que el ejército khampa se dividió en dos bandos que mantuvieron enfrentamientos armados. En ese contexto, en 1972 falleció el Rey de Nepal Mahendra, simpatizante de la causa tibetana, que había visitado Mustang y tolerado, cerrando los ojos, la presencia khampa allá. Su sucesor en el trono, Bihendra, se acercó a China. Privado de fondos y dividido en facciones, el ejército del Himalaya profundizó sus excesos hasta el punto de que la población de Mustang apeló al gobierno de Katmandú para que pusiera orden en su remoto reino. China presionaba en el mismo sentido, mientras la CIA ponía en marcha toda una serie de programas y subvenciones para reasentar a los guerrilleros que dejaran las armas en Pójara y sus alrededores.

En 1974, el gobierno de Nepal envió tropas a Mustang para desarmar a los guerrilleros. El Dalai Lama intervino mandando un mensaje grabado al ejército khampa en el que advertía que el foco iba a ser destruido y que miles de tibetanos residentes en Nepal podían sufrir las iras de la población si había enfrentamientos con el ejercito real nepalí:

«Habéis arriesgado vuestras vidas muchos años y luchado por nuestra causa. Sé que la actual situación os ocasionará una gran decepción. Sin embargo, debemos intentar lograr nuestros objetivos por medios pacíficos».

Aquel mensaje, la primera formulación de la actual «vía intermedia» del Dalai Lama, fue una consecuencia directa del giro prochino de la política americana. Causó una gran conmoción entre los guerrilleros, recuerda Tega. «Todos querían seguir luchando, pero no se podía desobedecer al Dalai Lama que nos estaba pidiendo la entrega de las armas al ejército nepalí». El propio rey de Mustang acudió al Cuartel General khampa con el mismo mensaje, recuerdan los vecinos de Lo Manhtang.

Algunos guerrilleros se suicidaron arrojándose por un barranco. Tharchin, el veterano vecino de Lo Manthang, recuerda que uno de ellos, llamado Kupche Panj, se lanzó al vacío mientras cruzaba un puente arrastrando en su caída a los dos soldados nepalíes que lo llevaban maniatado. Gyato Wangdu y 35 irreductibles decidieron huir a India.

«Wangdu era un líder indómito y no quería entregarse al ejército nepalí porque sospechaba que sería encarcelado, como lo habían sido otros guerrilleros que habían entregado las armas con anterioridad», explica Wangel Lama, un ex ministro del gobierno tibetano en el exilio y ex diputado del Parlamento tibetano de Dahramsala, que regenta el «Hotel Annapurna» de Pójara, donde Gyato Wangdu solía alojarse cuando pasaba por la ciudad.

El jefe guerrillero fue interceptado por el ejército nepalí, que se movía en helicópteros, en el distrito de Jumla, que él y sus hombres cruzaban a pie por los difíciles pasos de montaña de Dolpo, en dirección al extremo occidental de la frontera indo-nepalí del Himalaya. En un enfrentamiento a pocas horas de la frontera india, Wangdu y cuatro de sus hombres cayeron bajo las balas del Ejército Real. Las armas recogidas a los khampas fueron expuestas en Tundikhel, el Campo de Marte que el ejército nepalí tiene en el centro de Katmandú. El cadáver de Wangdu acribillado a balazos, con su espada y efectos personales, fue expuesto en Pójara como un trofeo de caza, recuerda Madhav Sharma, un veterano periodista de esa ciudad. «Las armas expuestas en Katmandú eran americanas, mucho más modernas y mejores que las que tenía el propio ejército nepalí en aquella época», dice el periodista.

En 1974, la CIA financió tres campos de refugiados para los khampas que habían dejado las armas, dos en Pójara ( Paljorling y Jambaling) y uno en Marpha (Namgyaling), además del «Hotel Annapurna». Se compró tierra y los propios guerrilleros y sus familias construyeron los asentamientos. Hoy esos campos presentan un aspecto bastante decrépito y abandonado. De los 2400 voluntarios del ejército secreto del Himalaya, quedan vivos unos 500. Ese colectivo de ancianos lleva grabado en el rostro el drama de su vida. Junto con sus familias forman un grupo de unas 1500 almas. El dinero que la CIA se gastaba en la guerrilla, hoy se destina a apoyar el «Free Tibet» a través de organizaciones «no gubernamentales» emparentadas con la agencia, como el «National Endowment for Democracy». Antiguos aparatos de la guerra fría como la «Voz de América» y «Radio Free Asia» mantienen programas de radio y televisión (vía satélite) en lengua tibetana.

En 2004, el Dalai Lama exiliado en India desde 1959, escribió lo siguiente, que puede considerarse un epitafio y homenaje a los khampa:

«En Kham, Tibet oriental, donde la gente conservaba las antiguas cualidades guerreras de sus ancestros, grupos de hombres se unieron para oponerse a los chinos por la fuerza. Presentaron combate a lomos de caballos y equipados muchas veces con armas anticuadas. Expresaron así su lealtad y amor por el Tibet con indómito valor. Pese a que no tuvieron éxito en su intento de impedir que los chinos dominaran Tibet, dejaron claro al llamado Ejército Popular de Liberación lo que la mayoría de los tibetanos sienten sobre su presencia. Aunque creo que la lucha tibetana sólo podrá vencer a largo plazo y por medios pacíficos, siempre admiré a esos luchadores por la libertad por su decidido coraje y determinación».

Para los chinos, la participación de la CIA en los conflictos de aquella época en Tibet confirmó la tesis oficial de que la paz en la región era alterada por el imperialismo y el intervencionismo extranjero. En este sentido, el ejército secreto del Himalaya contribuyó a le mentalidad de asedio de la China maoísta y a que ésta perdiera de vista la realidad de los problemas de Tibet.

Artículo publicado originalmente en La Vanguardia y reproducido en Casa Asia Virtual con el permiso de Rafael Poch y