El catorce de junio de 2013 la República Islámica de Irán volverá a enfrentarse al dilema de poder cambiar el curso de su reciente historia o continuar en la espiral de enfrentamientos internos y externos en el que llevan sumidos desde prácticamente los años 90. A día de hoy, es paradójico que en un mundo dominado por la tecnología y las encuestas cualquier resultado parezca impredecible.
Estas elecciones llegan en un momento en el que su joven y vibrante sociedad civil todavía no se ha recuperado del recuerdo de los resultados de las últimas elecciones del 2009. Pero para muchos dentro y fuera del país ya es una buena noticia que el presidente saliente Mahmoud Ahmadineyad no pueda presentarse a un tercer mandato seguido por imperativo constitucional. Parece poco discutible que su legado de estos últimos ocho años no pasará a la historia por haber conseguido la prosperidad económica y social de su pueblo que tanto pregonó desde que dejó la alcaldía de Teherán.
Paradójicamente, para otros, Ahmadineyad no ha sido tan extremista como se le presenta. El primer presidente no clérigo de la República Islámica ha sido el menos radical con el tema del velo, la policía moral por las calles, las antenas parabólicas que siembran los tejados, y, ha permitido el acceso de las mujeres al estadio de futbol de Azadi en Teherán. Incluso ha nombrado una mujer ministra, algo que nunca ocurrió durante los mandatos de Jatami. Tampoco ha tenido inconveniente en reconocer que el modelo de Estado actual se estaba agotando y que las sanciones de Occidente podrían acabar con el propio régimen. Lamentablemente, sus inaceptables declaraciones sobre temas como el holocausto o hacia alguno de sus vecinos sólo sirvieron para quedarse con una imagen completamente radicalizada de su persona.
En cualquier caso, no se le puede negar a Mahmoud Ahmadineyad aber intentado ser el verdadero transformador del sistema y haber sido capaz de enfrentarse internamente al líder supremo el Ayatolá Ali Jamenei, a los Estados Unidos y a prácticamente todo el mundo árabe de la zona.
Ahmadineyad podrá ser recordado como el responsable del intento de una recomposición profunda e incompleta del propio sistema político iraní pero se ha quedado en una economía de la resistencia y un noble desafío por intentar recuperar un espacio en el mundo que nunca podrán volver a tener.
De entre los ocho candidatos finales que fueron capaces de pasar el férreo filtro religioso impuesto por el sistema y controlado por el líder supremo, parece que sólo dos tienen posibilidades reales de llegar en cabeza hasta el final. Aun así, es difícil saber quién será el elegido. Sin embargo, la lectura más interesante que se puede hacer ahora es sobre quién no ha podido presentarse y no sobre quiénes fueron los candidatos finales.
Esfandiar Rahim, el protegido del presidente saliente, fue uno de los casi setecientos candidatos que no pasó el filtro y en su caso, además, el castigo a Ahmadineyad fué más que evidente. El otro es el ayatolá Akbar Hashemí Rafsanyaní, que une a su poder político como ex presidente de la República Islámica el ser uno de los hombres más ricos de Irán ya que su relación con Jamenei le impide, de momento, poder volver a ocupar los puestos de responsabilidad a los que aspira desde hace años.
De los candidatos con posibilidades reales, el primero es Saeed Jalili, Secretario del Consejo de Seguridad Nacional, y el máximo responsable de las negociaciones nucleares con Naciones Unidas y Occidente.
Jalili se presenta como el favorito de la línea dura y en especial del líder supremo, quien todavía no le ha dado su apoyo públicamente. Es probable que el propio Ahmadineyad negocie también su respaldo a cambio de no barrer una vez en el poder todo su legado y siempre pensando en la posibilidad de una vuelta futura a la primera línea de la política. Su falta de base política sólida lo convierte en una incógnita.
Y finalmente, la otra alternativa, Hassan Rowhani, quien siendo el único clérigo de los ocho candidatos es visto como el menos conservador y quien está también vinculado al programa nuclear del que fue negociador.
Unas últimas palabras para recordar a Mir Hossein Mousavi y Mehdi Karrubi estandartes del movimiento verde surgido a raíz de las elecciones anteriores y su contestación popular. Ambos siguen en arresto domiciliario como claro mensaje sobre lo que puede ocurrir a los que incluso desde dentro del propio sistema desafían el poder establecido.
En cualquier caso, tendremos que esperar hasta el ocho de agosto cuando el líder supremo ratifique los resultados y veamos más claramente el camino que decide seguir la élite religiosa y política iraní.






