18/12/2008 | Actualidad > AsiaMedia
La crisis internacional se cierne sobre la exitosa economía china precisamente en el tercer aniversario de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping. La ralentización es un reto para las autoridades de Pekín, una coyuntura desconocida, a la que se enfrenta en su nueva calidad de potencia emergente

La crisis internacional se cierne sobre la exitosa economía china precisamente en el tercer aniversario de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping. La ralentización es un reto para las autoridades de Pekín, una coyuntura desconocida, a la que se enfrenta en su nueva calidad de potencia emergente.

El presidente chino, Hu Jintao, ha podido exhibir orgulloso en su discurso conmemorativo los grandes éxitos económicos y sociales alcanzados por la República Popular en treinta años de apertura.

Un crecimiento medio anual del 9,8%, la salida del umbral de la pobreza de 240 millones de personas, la universalización de un amplio margen de libertad personal para 1300 millones de chinos y chinas, una industrialización que ha convertido China en la fábrica global?

Todos estos datos son ciertos, palpables en las calles de China, una evidencia de la gran capacidad de sus habitantes y sus dirigentes para forjar un desarrollo sin precedentes.

Bajo las directrices de Deng Xiaoping, el ‘Pequeño Timonel’, las nuevas generaciones de dirigentes chinos han administrado hábilmente una pragmática combinación de liberalización económica y férreo control político.

Curiosamente, como hoy, la China en la que Deng puso en marcha la gran transformación se encontraba en una difícil encrucijada, tras salir de la traumática Revolución Cultural y la muerte de Mao.

Así lo ha recordaba Hu en su discurso, sin referirse explícitamente a la fase más oscura de la historia reciente de esta nación milenaria.

El treinta aniversario de las reformas llega en un momento de nuevas incertidumbres para China, que afronta por primera vez una crisis internacional como un actor principal de la economía globalizada y con la asignatura pendiente de la democratización.

La gran preparación de los dirigentes chinos actuales permite pensar en su capacidad para gestionar crecimientos menores y fenómenos nuevos, como el paro a gran escala tras años de bonanza.

En ello les va el cargo, puesto que una crisis económica grave puede llevar a un descontento social generalizado y a un cuestionamiento de la hegemonía política del Partido Comunista, hasta ahora no discutida en gran medida por el éxito económico.

A los treinta años del inicio de la reforma, una crisis puede parecer un golpe muy duro, pero, como sucede con las personas, da paso a una etapa de madurez que puede ser incluso, con un crecimiento más sereno y estable, más positiva para China y para el mundo.

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