23/05/2012 | Actualidad

Aún con procurada timidez, los vestigios de la conquista dogmática india que aterrizó en China hace más de 2.000 años, se reflejan hoy en algunos de los lugares más adentrados del país. Resquicios donde el entorno se relativiza, y la naturaleza se apodera de él junto a uno mismo. Al norte de la provincia de Shanxi, en mitad de la permanente neblina que se desprende de la ciudad industrial de Datong fruto de las cenizas de los pozos de carbón en los que basa su economía, se alzan las famosas grutas de Yungang. Este conjunto arqueológico creado bajo la dinastía Wei del Norte (386-534) recoge más de 5.000 estatuas budistas de piedra, en el interior de 254 cuevas a los pies de las montañas Wuzhou Shan. Un buda central de unos 17 metros de altura saluda con la palma de la mano abierta hacia el cielo, dejando entrever, en sentido figurado, el significado literal del nombre del complejo: “montaña de las nubes”.

Sin embargo, no todo lo más impresionante queda a la altura de los dioses. Si bien es cierto que Yungang es conocido como uno de los monumentos más sobrecogedores por la inmensidad de sus esculturas, también lo es por el arte que se halla en su interior. El budismo llegó a China procedente de la India a través de la Ruta de la Seda durante la dinastía Hang, y trajo consigo la tradición de esculpir la roca con unos procedimientos denominados ghandhara, que a su vez estaban influenciadas por las esculturas griegas que Alejandro Magno difundió por Asia Central. La combinación de las formas tradicionales chinas mezcladas con influencias extranjeras, confluyen en un ritual atmosférico casi ineludible para los turistas.

Yungang se divide en tres partes. La primera, en la parte oeste, se concentran las cuevas más pequeñas y las estatuas budistas que representan a los cinco primeros emperadores de la dinastía Wei. En la parte este, los nichos medianos y pagodas. Y por último, en el centro, encontramos los muros y techos decorados, junto con las estatuas más altas y robustas, todas ellas orientadas al sur. Por ejemplo, es en esta zona donde encontramos la gruta Sakyamuni, donde reside un pilar de 15 metros en cuyos lados hay más de 20 esculturas que describen escenas de la vida del último buda histórico y fundador de la religión.

Monumentos como estos y como las Cinco Cuevas creadas por Tan Yao que se encuentran en el interior, valieron para ser declarado como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el año 2001.
Turistas de ocio y budistas de fe conviven durante unos momentos en este espacio, de manera conjunta, y con un mismo objetivo: apoderarse de la fe dogmática que impregna de arte las grutas y de un gran fondo histórico. Disfrutar del interior de estas cuevas que revelan un mundo fascinante y colorido, enorme, antiguo, mágico.