21/04/2026 | Actualidad

El orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial atraviesa una transformación profunda que ya no admite lecturas nostálgicas. Amitav Acharya, profesor de la American University, participó en el ciclo «¿Qué pasa en el mundo?» organizado por el CIDOB en una conversación junto a Pol Morillas e Inés Arco, moderada por Lluís Pellicer. Desde Casa Asia nos hacemos eco de su conocimiento para que ilumine los momentos convulsos e inciertos que se están viviendo en el contexto internacional de la última década.

Para el académico Amitav Acharya, profesor de la Escuela de Servicio Internacional de la American University, el sistema dominado por Occidente “está llegando a su fin o ya ha terminado”. Lo que viene después, sin embargo, no responde todavía a un patrón claro ni a las categorías tradicionales con las que la humanidad ha pensado la política global durante las últimas décadas.

Acharya nos invita a empezar por una revisión conceptual, lo que sienta las bases para una nueva mirada sobre el mundo en el que vivimos. La propia idea de “orden mundial” —tan habitual en el lenguaje diplomático— es, en su opinión, «engañosa». A lo largo de la historia, lo que se ha presentado como orden global ha sido en realidad la proyección de sistemas regionales con vocación universal. Desde el llamado “orden chino” hasta el liderazgo estadounidense en la segunda mitad del siglo XX, las potencias han tendido a considerar sus valores como aplicables al conjunto del mundo, aunque en la práctica esos modelos han tenido el funcionamiento esperado o deseado.

El fin del orden liberal internacional

El reciente -en términos históricos- y amplificado orden liberal internacional no es tampoco una excepción. A menudo celebrado como un periodo autoreferencial de estabilidad, su balance resulta más ambivalente si se amplía la mirada. Mientras Europa evitaba conflictos directos durante décadas, otras regiones se convirtieron en escenarios de guerras devastadoras —de Vietnam a Oriente Medio—, muchas veces como extensión indirecta de la rivalidad entre superpotencias . Tampoco sus beneficios económicos se distribuyeron de forma homogénea: el crecimiento de Asia oriental contrastó con la marginación de amplias zonas de África o América Latina.

En este contexto en el que la globalización ha ido ganando terreno -para bien y/o para mal-, el final del orden occidental no implica necesariamente una deriva hacia el caos. Acharya propone repensar el futuro en términos de un orden “multiplex”, más que multipolar.  El concepto, acuñado por él mismo, intenta analizar de forma más amplia los nuevos retos globales. No se trata solo de un reparto distinto del poder entre grandes potencias, sino de un sistema más complejo en el que intervienen actores diversos —potencias medias, organizaciones regionales, empresas, redes transnacionales— y donde las normas, las ideas y las interacciones adquieren un peso creciente .

Este nuevo escenario, todavía in statu nascendi, podría ser más inclusivo, especialmente para aquellos países que han quedado al margen del sistema anterior. Pero esa mayor pluralidad no garantiza por sí sola estabilidad. De hecho, la historia nos demuestra que ni los sistemas hegemónicos han sido necesariamente pacíficos ni los multipolares inevitablemente inestables. Acharya recuerda, por ejemplo, las redes comerciales del océano Índico antes de la expansión europea, donde la interdependencia económica funcionaba sin una potencia dominante clara.

Parte del problema reside en las categorías con las que se ha descrito el mundo. El llamado “Sur Global”, señala, es una etiqueta de conveniencia que agrupa realidades muy distintas bajo una experiencia compartida de dominación colonial. Más que una identidad cohesionada, es una construcción “en contra de algo”, lo que limita su capacidad como actor político homogéneo . Tampoco el concepto de “Occidente” sale mejor parado: se trata de una noción relativamente reciente, consolidada en el siglo XX, cargada además con un legado asociado al imperialismo y al racismo.

¿Nuevos bloques o nuevos puentes?

Superar esa división entre Occidente y el resto del mundo aparece así como uno de los principales desafíos del presente. Más que reforzar bloques, Acharya apunta a la necesidad de construir puentes y formas de cooperación que trasciendan esas categorías. En ese proceso, algunos actores pueden desempeñar un papel relevante.

India, por ejemplo, emerge como un candidato a estabilizador en este nuevo equilibrio global. No como potencia hegemónica, sino como un actor con peso demográfico, económico y estratégico suficiente para influir en la arquitectura internacional . Europa, por su parte, conserva una baza importante en su capacidad para defender normas, estándares y mecanismos de cooperación multilateral, desde la regulación climática hasta la gobernanza tecnológica.

El mundo que se nos perfila ante nuestros ojos noticia a noticia «no será necesariamente más ordenado ni más pacífico». Pero sí puede ser, en palabras de Acharya, más representativo de su propia diversidad. La cuestión, todavía abierta, es si esa pluralidad será capaz de traducirse en nuevas formas de gobernanza global o si dará paso a una fragmentación más difícil de gestionar.