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Budismo: una forma de vida más allá de la religión

14/02/2017 LORENA ROMO |

­El Budismo es una de las religiones más conocidas del planeta, pero no todo el mundo sabe qué es en lo que realmente creen sus adeptos. Más que una religión como tal, buscan el crecimiento personal y la expansión de las buenas prácticas, en las que destacan la amabilidad, la compasión y el amor.

Seguramente hayas visto más de una vez una estatua de un Buda. Quizá incluso tienes una en casa, decorando el salón. ¿Te has parado a pensar qué significa esa figura?

A diferencia de lo que alguien que no conozca la religión pueda pensar, Buda no es una persona. Buda es un concepto, y se refiere a aquel que ha conseguido librarse del Samsara para conseguir el Nirvana.

Describamos estos conceptos:

¿Qué o quién es Buda?

Buda es un nombre que tiene origen en la figura de Siddharta Gautama. Él fue el primer iluminado, y es objeto de culto para los budistas. No obstante, el concepto de “culto” o “veneración” no se entiende en el budismo como en el resto de religiones teístas. Buda Gautama no es un Dios: es una persona corriente que, gracias a sus conocimientos y su fe, consiguió librarse de todo sufrimiento y alcanzar la paz interior. Por eso siempre se le retrata sonriente. Es un hombre feliz, sin perturbaciones. Esto es, para los budistas, un gran ejemplo y modelo a seguir. Una figura de Buda no implica una veneración, un rezo ciego, en busca de soluciones mágicas. Una figura de Buda es esa imagen que miras para sentirte confiado y pensar que tú también eres capaz de sentirte así de bien. De sentir esa paz. De iluminarte.

La luz está en tu interior

La iluminación es una interpretación que le damos al concepto Nirvana. Esta palabra sánscrita es difícilmente explicable para la mentalidad occidental. Se refiere a la ausencia de toda perturbación, de todo deseo. En el Budismo no se entiende la ausencia de deseo como una castidad, sino como una liberación. Los deseos son satisfacciones no permanentes, que solo sirven para calmar nuestra ansiedad. Es cierto que la sociedad occidental tiene muchas obligaciones, y mucha prisa. Es por eso que siempre tenemos tendencia a no disfrutar del presente, sino a pensar una y otra vez en las cosas que tenemos por hacer (o incluso en las que no hicimos). Por eso buscamos satisfacer los deseos: comer chocolate, ver la televisión, comprar ropa, emborracharse, el sexo, entre otros. El Budismo entiende que, para conseguir la iluminación, debes librarte de toda preocupación y sentirte presente en todo momento. Los deseos satisfacen el cuerpo momentáneamente, pero la verdadera felicidad se consigue con la iluminación: el hecho de sentirte libre, sentirte tú mismo. Sin condicionantes, como cuando eres un niño. Como cuando te vas de vacaciones a la playa más recóndita, y dejas el móvil en la habitación, lejos de ti. Y solo existes tú, ese momento, y tu respiración… Extender esa sensación a toda tu existencia es la que hace que se consiga la iluminación: un estado trascendental en el que se deja de sentir como uno mismo, para sentirse parte del cosmos. Como la naturaleza o el universo mismo: infinito, sin limitaciones.

La nada, lo es todo

Para poder entender esto, hay que conocer el sentido que tiene para los budistas el concepto del vacío. El vacío no es la ausencia de algo, sino precisamente lo contrario: la existencia misma de las cosas. Esta forma de pensar considera que todo aquello que existe tiene una forma pura, que es la que no tiene limitaciones. Por ejemplo: una Iglesia es un concepto que puede tener muchas connotaciones según las creencias de cada uno. El vacío, en este caso, sería la Iglesia, sin más. Sin connotaciones. Pues lo mismo se aplica a las propias personas: cuando nos libramos de las creencias, tópicos, estereotipos, normas de cada sociedad, existimos nosotros mismos, sin ego, sin personificación. Somos parte del mundo, y somos vacío.

El presente es el antídoto a la ansiedad

Para conseguir esta sensación, hay que librarse del samsara. Este concepto se refiere, precisamente, a la rueda de sufrimiento que nos persigue en una y otra vida. Cuando esas mismas preocupaciones achacan una y otra vez, cuando las obligaciones te mandan hacer una cosa, pero tú quieres hacer otra; cuando no eres libre. Eso es el samsara. Un círculo vicioso en el que el individuo se ve envuelto, infeliz, agobiado, condicionado…

Librarse del samsara es seguramente la tarea más difícil del ser humano, precisamente porque deshacerse de ese círculo es el que nos otorga la infinidad. Para ello, hay que ser capaz de ir a la raíz misma del problema. Ser capaces de clarificar, de ser conscientes. Y aquí es donde viene la base de todo el viaje budista. La consciencia. Puede que consigas o no ser un Buda, pero el camino que te lleva hacia el Nirvana es la consciencia. Saber lo que haces, por qué lo haces, y qué es lo que sientes cuando lo haces. No ser un robot. Apreciar los sentimientos, las emociones, el propio respirar. Siendo consciente de tu propia existencia es como puedes empezar a librarte de tus cadenas. Seas capaz de hacer cambios en tu vida o no, mientras tengas claro de dónde vienen tus ataduras, estarás más cerca de echarte a volar.

Esto son solo algunas de las creencias budistas. Hay varias vertientes de esta religión (theravada, Mahāyāna, Vajrayāna) y obviamente cada uno tiene su forma de interpretarlas. No obstante, mirar el mundo desde una perspectiva budista tiene grandes beneficios para el humano. Es por eso que en Occidente se conoce el zen, el yoga, la meditación, el mindfulness)… No es tan difícil empaparse con esta forma de ver la vida, simplemente hay que abrir un poco las fronteras y entender que, más que una religión o algo estrictamente oriental, el budismo busca la manera de que todos seamos un poquito más humanos.

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