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El espectador como cartógrafo. Asia en el foco

El espectador como cartógrafo. Asia en el foco

07/11/2014 MENENE GRAS BALAGUER, DIRECTORA DEL CASA ASIA FILM WEEK |

El cartógrafo es el que establece varios planos de lectura sobre  el territorio y el que diseña el mapa.  La comparación se emplea aquí para interpretar qué se ha querido plantear al público en esta nueva edición del Casa Asia Film Week, donde el potencial de la geografía para la representación cinematográfica y el potencial de ésta para la creación del imaginario geográfico coinciden, permitiendo describir una programación donde la diversidad cultural es uno de los aspectos más relevantes de este festival de la diversidad.

En un espacio geográfico tan amplio como el que abarca el continente asiático, cualquier intento de proponer una sola lectura está abocada al fracaso, y por lo tanto sólo se pretende brindar la posibilidad de establecer rutas de ida y vuelta, a través de múltiples conexiones entre el lugar y el sujeto de su habitar, facilitando al espectador un viaje que él mismo puede diseñar para sí, sin que la distancia física se interponga entre él y el territorio.

La nacionalidad del cine está en relación con el espacio que es constitutivo de una acción o historia –el espacio connota, al igual que el habla-. Las historias  al igual que todos los relatos fabrican espacio o no se entienden, sino se aplica lo que se define como una propiedad de lo que se narra, es decir su espacialización. Lo que acontece, sea por medio de la literatura o el cine, transcurre en una geografía parlante, que por su dimensión humana, política, económica y cultural desempeña una influencia de primer orden en todas sus expresiones. El espacio/tiempo de este cine se convierte en un paisaje informado, cuyas características no pueden omitirse, al tratarse de una geografía que reúne culturas exponenciales de lo local y singular de cada región.

Pese a la globalización de la tecnología y la mundialización del sistema económico imperante, las naciones se resisten a perder su individualidad y lo local parece por oposición cobrar interés, aunque simultáneamente se ha procedido a su exotización como un valor añadido, que cierta filosofía del consumo aprovecha en beneficio de la industria turística. El cine, al igual que la literatura, no obstante, pone en relación el espacio con el acontecer, rechazando esta plusvalía de lo exótico; el espacio con el sujeto que lo construye, y el espacio con el tiempo, identificado a su vez con el fluir del habla. Homi K. Bhabha, en “The Location of Culture” se refiere al lugar de la cultura y a las especies de espacios donde la cultura se produce y autolimita como nación y expresión de la nacionalidad.

La selección de películas que se ha hecho para la programación de la presente edición de este festival de cine asiático responde a la intención de aproximarnos a distintos países del continente asiático y a la vida de sus habitantes, con el fin de establecer un sistema de comunicación entre el nosotros y un otro del que nos separan diferentes fronteras invisibles, pero cuya acción puede ser causa de conflicto. El cine abre ventanas, nos comunica con culturas que desconocemos, nos introduce en espacios públicos y privados de la vida doméstica y cotidiana a las que no lograríamos acceder de otro modo, con una libertad que sólo comparte con la literatura y las artes visuales en general. De Barcelona a Australia –el país más lejano del nuestro, pero culturalmente tal vez el más cercano- el espectador puede recorrer Kazajastán, Afganistán, Pakistán, India, China, Mongolia, Corea, Japón, Malasia, Tailandia, Camboya, Filipinas y Vietnam. Los itinerarios que se pueden trazar no alteran la experiencia visual resultante ni los efectos secundarios que se deriven del contacto con lo que la imagen cinematográfica da un estatus de visibilidad.

El que quiera ponerse al día sobre lo que sucede en Asia tiene ahora la oportunidad de hacer un viaje durante los seis días en los que se han concentrado las más de cuarenta películas programadas para el festival. Sumergiéndose en las correspondientes cinematografías locales, el espectador atravesará escenarios de tensión y conflicto, donde las diferentes dinámicas sociales están en juego y ponen de relieve la necesidad de favorecer la reflexión entre cultura y poder, desde el poder de la cultura y la cultura del poder, que se traduce en una cultura de la dominación que legitima el abuso y la violación sistemática de los derechos humanos.

El espacio narrado por estas cinematografías nacionales abarca diferentes culturas que se comunican entre sí, mediante la analogía o la diferencia, cruzándose y oponiéndose o asimilándose las unas a las otras, en múltiples intersecciones que debilitan lo igual y la no diferencia reduciendo a su vez lo invisible, lo que no se quiere ver. El “otro” ya no es el extraño, no puede serlo en un mundo donde los medios de comunicación han desafiado la existencia de las distancias y donde hemos visto cómo se incorporaba en nuestra cultura, a través de las sucesivas  diásporas y las oleadas migratorias de norte a sur, de este a oeste, y viceversa, de las últimas tres décadas. Los movimientos de población han globalizado a este “otro” atenuando el temor que ha inspirado la individualidad de las culturas ajenas que se han considerado como una amenaza a la integridad cultural y territorial.

Hace falta un festival de cine asiático; hace falta mantener una programación anual de cine asiático en nuestras salas de cine, al igual que hace falta conocer la literatura que nos llega de estos países cada vez más próximos a nosotros. Lo demostró el BAFF, que Casa Asia apoyó desde su fundación, hasta su clausura. Y pretendemos seguir demostrándolo ahora en esta edición y en las futuras ediciones que esperamos poder convocar, no sólo con el esfuerzo que ha supuesto, sino porque las culturas asiáticas, en singular y en plural dominan la escena internacional, como puede verse en el poder de cinematografías como la japonesa, la coreana, la de China o la de India, y el crecimiento de las correspondientes industrias, por citar sólo algunos ejemplos. Todos los países necesitan su cine y desarrollar esta industria localmente, pero no tanto por los beneficios económicos que se puedan desprender, como por la capacidad de narrar y comunicar de la imagen en movimiento y de construir modelos identitarios con los que nos podemos comparar o en los que nos podemos mirar.

No recomiendo que se vea tal o cual película, pero sí considero que se tengan en cuenta las cinematografías periféricas como las de Afganistán, Pakistán, Malasia, Tailandia, Vietnam y Filipinas. La propuesta es muy extensa, pero incide también de una manera particular en el nuevo cine iraní –se podrán ver seis películas recientes producidas en este país- el cine australiano, y el cine de países como China, Corea y Japón que cada vez nos resulta más familiar, por su presencia y distribución comercial, aunque todavía está muy lejos de ser la que tiene en otros países europeos como Francia, Inglaterra o Alemania, donde la integración de estas cinematografías está mucho más consolidada.

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